Cuando eres aracnofóbico (no se cuando, no se donde, pero desde mi niñez les temo) no soportas la presencia de una repugnante, espeluznante y miserable araña en la misma habitación que tú, por insignificante que sea su tamaño. 

Y si te topas con ellas en un sorpresivo ataque (ellas están organizando un complot para atacarte en la primer oportunidad) la situación se complica orillándote a hacer los peores ridículos sin importar que te encuentres solo o rodeado de una multitud de amigos o desconocidos en el peor de los casos.
Hace rato me ocurrió el peor de los casos (por enésima ocasión en mi vida), cuando estaba yo sentado esperando turno para solicitar turno para poder hacer cita de ingreso a la lista de pacientes en espera de un nuevo experimento sobre “la paciencia mientras esperas tu turno”
Llego no se de donde pero rápidamente avanzo hacia mis pies, y yo al ver su gran tamaño (Ayja! Goloso!) pegue un brinco de los mas caricaturesco acompañado de un grito que en nada se parecía al de Tarzán mientras mis bellos ojos se salían de sus orbitas de tanto que los abrí, ante tal situación y conociendo los macabros planes de esos animales, en el peor de mis pensamientos se vislumbro la posibilidad que la araña lo que quería era meterse por mis pantalones y caminar a lo largo de toda mi pierna para… ¡¡¡AAARRRGGGHHH!!! solo de imaginarlo me da escalofríos.
Como no quería que se metiera en mis pantalones, empecé a deleitar a los humanos que me rodeaban con una folklórica danza autóctona, moviendo mis pies en un desesperado zapateo dejando en ridículo al mejor exponente del jarabe tapatío.
Dice la profecía que:

“Todo ridículo encuentra su recompensa en algún lugar del largo camino de humillación que le toca recorrer”

Yo en ese momento encontré mi recompensa al ver a mis pies el cadáver apachurrado de mi temible enemigo, y me dedique a sacarle fotos cual vil ministerio publico agente del SEMEFO, sin importarme las miradas burlescas que me había ganado a pulso.

Esta batalla cuenta para el xhabyra


YEAH BITCHES! 
Espero que no envíen comandos nocturnos a picarme la mano (por cuarta ocasión) mientras duermo.